... donde pude percatarme de lo leve que es vivir. De mi lado derecho tenía a un par de "señoras" de'sas que cuando les dices "señora" se ofenden y te dicen "se-ño-ri-ta" y no queda mas que responder "y yo qué pinche culpa!"; consagradas a su anciana madre, fervientes religiosas que acaban de pedir la cuenta porque no pueden llegar después de las 8 a su casa porque si no las regañan. Seguramente darán de cenar al adulto mayor a su cuidado y verán televisión acompañadas de una fiel mascota que es quien hace las veces de hijo nunca procreado, amigo nunca frecuentado, confidente nunca escogido; eufemismo de la soledad. Dormirán antes de las 10 y comenzará su monótona jornada a las 6 am del día siguiente.
De mi lado izquierdo tenía a la típica parejita adolescente. Ella con un moka frío bebiendo con popote mientras lo mira con ese brillo de los ojos que sólo puede apreciarse con claridad cuando se experimenta un primer amor. Él, indiferente a esa mirada tomando un americano pensando en que el equipo de futbol del que es fanático perdió el partido pasado porque el pinche portero pendejo salió mal y se le adelantaron con un cabezaso preciso colocadísimo en el ángulo, y lamentando las burlas propinadas por sus hermanos y tíos: "eso te pasa por irle a ese pinche equipo maleta!". Terminarán lo que beben y él la acompañará a casa a pie, se besarán con prisa afuera de la casa de ella, manoseándose con urgencia antes de que salga su mamá y le diga "ya mhijita? ya es tarde" e ignore al escuincle novio.
A lado de las señoras "quedadas" estaba una pareja de adultos jóvenes, en promedio 35 años. Casados sí, pero cada quien por su lado. Ella, quien no paraba de voltear en todas direcciones, vestía un pants negro embarrado y a la cadera que permitía asomarse el resorte de una microtanga rosa, dejando a mi imaginación que en su casa dijo que iría al gimnasio a su clase de pilates mientras los niños son cuidados por Rosita, su empleada-niñera. Él, un poco más relajado seguro de que su esposa lo espera en casa cuidando de su pequeño hijo, ahorrándole un posible gimnasio y niñera mientras ese excedente y más él lo gasta en la "otra"; vestía traje fino, corbata no menos fina, cabello relamido y se acercaba provocadoramente alterando los nervios de ella, quien no dejaba de voltear y que seguramente me cachó viéndole el resorte de la tanga, porque fue entonces cuando se la acomodó.
De repente, frente a mí, sentóse una mujer que llamaba la atención de todos los presentes por su espigada figura, imponiéndose con apabullante presencia. Lentes que más que por necesidad usaba como accesorio para darle un toque interesante; cabello suelto, negro y lacio; pecas pocas, cuello largo, cintura perfectamente delineada por su playera, la que ostentaba el rostro de la siempre sensual Marilyn con su eterna expresión de fuck me; pantalón de mezclilla y converse blanquísimos, lo que como de golpe provocó que reparara que los míos habían dejado de ser blancos desde hace mucho y que a lado de los suyos se veían amarillentos, con una clara mancha de mostaza que se me escurrió al tragarme un jo-doc en un carrito hamburguesero un viernes a las 2 am, con 3 caguamas Victoria (la Victoria de México) adentro (2 + 3 = 5). 5 minutos tardó en decidirse por un express doble; mientras, sacó de su bolso El libro de los amores ridículos, mismo que yo leía y que en ese momento ella también lo notó y notó además que me hacía pendejo sosteniéndolo, pues mis ojos estaban clavados sobre ella. Sonrió y dijo 'está bueno, no?'. Yo, eternamente pendejo, dije 'ehh?'. Ella: 'hablo del libro'. Yo: 'ahh, sí'... cinco (otra vez cinco) segundos después... 'ahh claro, el libro!!! Sí, Kundera es bueno'.
Cinco minutos después, nos hallábamos compartiendo mesa en una aparentemente interminable conversación acerca de lo endeble y fugaz que es el amor; amor que nos dimos en un hotel de paso cinco horas más tarde; amor que cinco meses después se verá frustrado por cinco razones: lo improvisado de su nacimiento; su ex novio que dejó después de cuernearlo cinco veces conmigo esa noche y que la seguirá buscando para tratar de rescatar sus cinco años de noviazgo; su siempre presente indecisión; la mía también; y porque nada en esta vida puede ser tan idílico. De ahí lo endeble y fugaz.
PS. Amour (en francés) tiene cinco letras, como los moteles y hoteles donde cada día se desparraman toneladas del mismo.
De mi lado izquierdo tenía a la típica parejita adolescente. Ella con un moka frío bebiendo con popote mientras lo mira con ese brillo de los ojos que sólo puede apreciarse con claridad cuando se experimenta un primer amor. Él, indiferente a esa mirada tomando un americano pensando en que el equipo de futbol del que es fanático perdió el partido pasado porque el pinche portero pendejo salió mal y se le adelantaron con un cabezaso preciso colocadísimo en el ángulo, y lamentando las burlas propinadas por sus hermanos y tíos: "eso te pasa por irle a ese pinche equipo maleta!". Terminarán lo que beben y él la acompañará a casa a pie, se besarán con prisa afuera de la casa de ella, manoseándose con urgencia antes de que salga su mamá y le diga "ya mhijita? ya es tarde" e ignore al escuincle novio.
A lado de las señoras "quedadas" estaba una pareja de adultos jóvenes, en promedio 35 años. Casados sí, pero cada quien por su lado. Ella, quien no paraba de voltear en todas direcciones, vestía un pants negro embarrado y a la cadera que permitía asomarse el resorte de una microtanga rosa, dejando a mi imaginación que en su casa dijo que iría al gimnasio a su clase de pilates mientras los niños son cuidados por Rosita, su empleada-niñera. Él, un poco más relajado seguro de que su esposa lo espera en casa cuidando de su pequeño hijo, ahorrándole un posible gimnasio y niñera mientras ese excedente y más él lo gasta en la "otra"; vestía traje fino, corbata no menos fina, cabello relamido y se acercaba provocadoramente alterando los nervios de ella, quien no dejaba de voltear y que seguramente me cachó viéndole el resorte de la tanga, porque fue entonces cuando se la acomodó.
De repente, frente a mí, sentóse una mujer que llamaba la atención de todos los presentes por su espigada figura, imponiéndose con apabullante presencia. Lentes que más que por necesidad usaba como accesorio para darle un toque interesante; cabello suelto, negro y lacio; pecas pocas, cuello largo, cintura perfectamente delineada por su playera, la que ostentaba el rostro de la siempre sensual Marilyn con su eterna expresión de fuck me; pantalón de mezclilla y converse blanquísimos, lo que como de golpe provocó que reparara que los míos habían dejado de ser blancos desde hace mucho y que a lado de los suyos se veían amarillentos, con una clara mancha de mostaza que se me escurrió al tragarme un jo-doc en un carrito hamburguesero un viernes a las 2 am, con 3 caguamas Victoria (la Victoria de México) adentro (2 + 3 = 5). 5 minutos tardó en decidirse por un express doble; mientras, sacó de su bolso El libro de los amores ridículos, mismo que yo leía y que en ese momento ella también lo notó y notó además que me hacía pendejo sosteniéndolo, pues mis ojos estaban clavados sobre ella. Sonrió y dijo 'está bueno, no?'. Yo, eternamente pendejo, dije 'ehh?'. Ella: 'hablo del libro'. Yo: 'ahh, sí'... cinco (otra vez cinco) segundos después... 'ahh claro, el libro!!! Sí, Kundera es bueno'.
Cinco minutos después, nos hallábamos compartiendo mesa en una aparentemente interminable conversación acerca de lo endeble y fugaz que es el amor; amor que nos dimos en un hotel de paso cinco horas más tarde; amor que cinco meses después se verá frustrado por cinco razones: lo improvisado de su nacimiento; su ex novio que dejó después de cuernearlo cinco veces conmigo esa noche y que la seguirá buscando para tratar de rescatar sus cinco años de noviazgo; su siempre presente indecisión; la mía también; y porque nada en esta vida puede ser tan idílico. De ahí lo endeble y fugaz.
PS. Amour (en francés) tiene cinco letras, como los moteles y hoteles donde cada día se desparraman toneladas del mismo.














